Por qué el ayuntamiento de San Sebastián parece un palacio de la Belle Époque

Ayuntamiento de San Sebastián

En 1613, en una de sus Novelas ejemplares, Cervantes dejó por escrito lo más parecido a una partida de bautismo que tiene en castellano un juego de cartas muy concreto. Un pícaro de Rinconete y Cortadillo menciona las ventas y los mesones del camino de Madrid y lo que allí se hacía, «por los mesones y ventas que hay desde Madrid aquí, jugando a la veintiuna». Ahí aparece el nombre, en castellano y con fecha. Las reglas no aparecen. Cervantes nombra el juego y sigue adelante sin explicar una sola mano. Tres siglos más tarde, aquel entretenimiento de posada había cambiado de barrio. Se repartía bajo techos de pizarra, en salas con vistas a la playa, dentro de edificios levantados para la burguesía que veraneaba en el norte. Muchos siguen en pie y probablemente los has fotografiado sin preguntarte para qué se construyeron. Uno de ellos funciona hoy como casa consistorial de una capital de provincia.

Ese edificio está en Donostia, al fondo de la bahía de La Concha, y si veraneas en el norte lo verás aunque no lo busques. La reseña histórica del Ayuntamiento de Donostia sitúa el arranque de las obras en 1882, en los jardines de Alderdi Eder, y la inauguración el 1 de julio de 1887. No se levantó para albergar oficinas municipales, sino para acoger a los veraneantes que llegaban con dinero y con tiempo libre.

La función original duró casi cuatro décadas. En 1924, bajo la dictadura de Primo de Rivera, un decreto de cierre acabó con la sala, y el edificio dejó de ser casino aquel mismo año sin volver a serlo nunca. Pasó años buscando destino hasta que el 20 de enero de 1947 se convirtió en la nueva sede de la Casa Consistorial, que es lo que sigue siendo. Medio siglo después el Estado rectificó en general. El Real Decreto-ley 16/1977, de 25 de febrero, publicado en el BOE el 7 de marzo de aquel año, volvió a ordenar los juegos de suerte, envite o azar, y su preámbulo no escondía el motivo: consideraba esa legalización una medida adecuada para contribuir de forma destacada al impulso del sector turístico.

Lo que aquel decreto reconoció, sin decirlo, es que la baraja había sobrevivido a los palacios que la alojaron. Las salas de la Belle Époque cambiaron de uso y el reparto continuó en los locales que la norma autorizó y, mucho después, en una pantalla, porque la Ley 13/2011, de 27 de mayo, de regulación del juego situó las partidas por internet en el ámbito estatal y las sometió a una licencia previa. Quien la concede y la supervisa es la Dirección General de Ordenación del Juego. Entre los juegos de cartas que ofrecen los operadores con esa licencia figura el blackjack online, cuyo precursor es aquella veintiuna de las ventas. Se piden cartas, se suman los puntos y pasar de veintiuno elimina la mano.

Aquel decreto de 1977 tuvo un desenlace distinto en la costa cántabra. El Gran Casino del Sardinero, en la plaza de Italia de Santander, se inauguró en 1916 mirando a la misma playa que su público. Después de la Guerra Civil quedó reducido a su teatro, destinado a sala cinematográfica de arte y ensayo, y así se mantuvo hasta el 1 de diciembre de 1978, cuando el edificio volvió a abrir dedicado solo al juego. Dos inmuebles hermanos en intención y dos finales opuestos. Uno acabó de ayuntamiento y el otro regresó al oficio para el que se levantó.

Cuando pases por Alderdi Eder, mira la fachada desde los jardines y no desde la carretera. La altura del cuerpo central y el tamaño de los ventanales no responden a ninguna necesidad administrativa: se pensaron para una sala que debía llenarse una noche de agosto. Los tejados de pizarra con buhardillas son la otra pista, y son los mismos que reconocerás en Santander desde el paseo del Sardinero. Si quieres repetir el ejercicio en otra playa, busca el edificio que da la cara al mar y la espalda a la ciudad, con más ventana que muro y una escalinata desproporcionada para lo que hoy se hace dentro. Y si conserva un uso público, entra hasta el vestíbulo, porque la escala del recibidor dice más del destino original que cualquier fachada.

El inmueble ha tenido dos vidas y sigue en la segunda, de la que se cumplen ochenta años en enero de 2027, y nada apunta a que vaya a haber una tercera. Las cartas, en cambio, se quedaron fuera de aquellas paredes y ahí continúan, reservadas a mayores de edad y sujetas a las pautas del juego responsable, que pasan por fijar el límite de tiempo y de gasto antes de empezar.

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